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Mundo Viperino – Alba Lobera V.

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Mundo Viperino: Alimentos tóxicos – En las entrañas de Monsanto

Posted by MundoViperino en 21 febrero, 2017

Investigación actualizada – Recopilación de información

Alimentos tóxicos 2017

La fuente de la información de esta entrada reside en la generosidad de José Gregorio González, quien ha compartido públicamente estos datos. Desde MundoViperino se quiere aportar un poco más a Internet y ofrecer esta investigación a fondo sobre la toxicidad de los alimentos. Para evitar perder el hilo, se recomienda ver los materiales en el orden establecido. Se permite la total difusión de esta entrada; pedimos por favor que se cite la fuente para evitar robar el esfuerzo invertido por otras personas.

Muchas gracias,

Alba Lobera.

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Somos una especie repugnante

 

¿Podemos hacer algo?

Ante la contaminación de los alimentos por metales, aditivos, herbicidas, pesticidas, ingredientes manipulados genéticamente, antibióticos, bacterias resistentes… ¿Hay algo que podamos hacer? La respuesta es sí. El gran problema de los alimentos tiene que ver con su calidad nutricional, porque contiene excesivos hidratos de carbono refinados en forma de harinas y azúcares ocultos, abundantes grasas animales o grasas trans surgidas de la hidrogenización de aceites vegetales, así como ausencia de vitaminas, minerales y fibras. Todo ello es habitual en los productos procesados y se agrava cuando su ingesta se sitúa muy por encima de las necesidades calóricas diarias.

Entidades como la Organización Mundial de la Salud vienen alertando sobre este asunto con llamamientos a la reducción en el consumo de azúcares o, más recientemente, de carnes procesadas, derivados y embutidos, a los que señalan desde 2015 como causa potencial de diversos tipos de cáncer. Sin embargo, el modo de vida que llevamos y el bombardeo constante y sin paliativos de la industria de la alimentación para que nos alimentemos con comida rápida y preparada es casi insalvable, auxiliada por una química adictiva, el neuromarketing y la publicidad. Ello nos hace percibir equivocadamente que lo que compramos preparado nos ayuda a vivir mejor, nos ahorra tiempo y es más sano por haber sido enriquecido con vitaminas, fibras o algún ácido graso cardioprotector. La clave está en volver a consumir productos frescos y de temporada, preparados por nosotros mediante métodos de cocción que no impliquen grandes temperaturas y, en lo posible, procedentes de cultivos y granjas eclógicas para sortear la mayor parte de los peligrosos aditivos, los agrotóxicos y los organismos genéticamente modificados.

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Nos alimentamos con petróleo

La concentración de la producción agrícola en las últimas décadas en unos pocos cultivos, sacrificando con ello la agrodiversidad que nos acompaña durante milenios, centrada en productos como el trigo, el arroz, la soja, el maíz y el azúcar por citar los más potentes, han conducido a un claro empobrecimiento de nuestra dieta. Para hacer más rentable estos cultivos y aumentar la producción, se acude a la indomable manipulación genética y al uso constante de fertilizantes químicos y plaguicidas, con un sistema productivo intenso que saliniza, seca y erosiona los suelos; maquinaria pesada que elimina trabajadores y una dependencia asombrosa del petróleo en toda la cadena.

Así lo denuncia Vivas Esteve en su indomable El negocio de la comida. Petróleo para alimentar la maquinaria de cultivo; petróleo para llevar el agua a las zonas de cultivo; petróleo para hacer funcionar las plantas de procesado; para toda la cadena de distribución y comercialización; para generar el plástico necesario para las inmensas extensiones de invernaderos; para el plástico de los envases… Gran parte de lo que nos llevamos a la boca lleva la huella del petróleo, no sólo en el desgaste medioambiental y la contaminación a escala general, sino en el propio alimento individual. En cuanto a las condiciones laborales de quienes trabajan en el sector en países empobrecidos, mejor no hablar y dejarlo para otro momento…

Una terrible verdad

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WikiLeaks y las puertas giratorias

Diversas organizaciones internacionales han denunciado la existencia de conflictos de intereses y puertas giratorias que facilitan que la industria cuente con legislaciones flexibles y con las bendiciones de las instituciones.

Los autores de Alimentación Sana, Morales y González, citando a Marie-Monique Robin, explican que en la Comunidad Europea, el 90% del Comité encargado de aconsejar sobre la seguridad de los alimentos tiene contactos con empresas de biotecnología.

Anota el caso de Suz Renckens, quien fuera directora de la unidad de Organismos Genéticamente Modificados de la EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) de 2003 a 2008, y que cuando dejó el cargo en 2008 fichó como lobista de Syngenta, el gigante suizo de los transgénicos.

A estas empresas se les acusa de haber gastado desde 1990 más de 4.000 millones de dólares en las campañas electorales en EEUU, colocando a empleados y asesores en puestos directivos en la FDA, la agencia gubernamental que regula los alimentos, los medicamentos, los productos biológicos, etc.

En España las cosas son similares, tal y como revelaron diversos cables de WikiLeaks en 2010. En ellos descubrimos cómo el Gobierno de España pedía al estadounidense, a través de su embajada, que presionara en la Unión Europea para facilitar el camino de los transgénicos, en especial del maíz transgénico MON810. Y efectivamente así lo hicieron en 2008 y 2009.

La conclusión es evidente: las puertas giratorias no sólo existen en el sector financiero y energético, sino también en el de la alimentación.

Venenos en la despensa

 

La gran conspiración

Una rápida consulta al ranking de los medicamentos más vendidos en los últimos años, independientemente del organismo o consultoría que elabore el listado, sitúa indefectiblemente a productos para el control o tratamiento de la diabetes, el colesterol, la obesidad, la hipertensión o trastornos cardiovasculares entre los que conforman el top ten. Hablamos, por si el lector no se ha percatado, de patologías directamente relacionadas con una alimentación desequilibrada, completamente descompensada desde el punto de vista nutricional, en la que predomina el consumo de alimentos precocinados y refinados, ricos en hidratos de carbono simples, grasas animales, aceites de pésima calidad vegetal, sal y todo tpo de azúcares encubiertos.

Alimentos que, curiosamente, constituyen el grueso del negocio de la industria del ramo.

Empecemos con un aperitivo… En 2015, de acuerdo con la consultora IMS Health, la insulina inyectable ocupó el tercer lugar, y el anticolesterolémico Crestol el quinto, con un montante en ventas de ambos cercano a los 18.000 millones de euros. ¿Qué tal si ampliamos el rango? Entre los años 1997 y 2011, el Lipitor y sus diferentes marcas comerciales ofrecidas contra el colesterol generaron 100.000 millones de dólares de beneficios. Se convirtió en el medicamento más vendido del mundo hasta su conversión en genérico en 2012.

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Muchos de ustedes pueden pensar que cuando se liberan las patentes de un medicamento para que puedan producirlo otras farmacéuticas su margen de beneficios se reduce considerablemente. Pues no. Por ejemplo, en la lista de genéricos más vendidos en 2015 en España, tres anticolesterolémicos estaban entre los cinco más vendidos.

Otros medicamentos que siempre están entre los más dispensados y rentables son los dedicados al tratamiento de tumores, muchos de los cuales están directamente asociados a pautas alimentarias nocivas. Y así año tras año, sin contar el gigantesco mercado de la cosmética y el bienestar, donde el sobrepeso y la obesidad suelen generar el grueso de su clientela.

¿No es acaso sospechoso, o al menos una invitación a la reflexión crítica, que las multinacionales de la alimentación promuevan dietas carenciales y patológicas, y que la industria farmacéutica sustente sus beneficios en el tratamiento paliativo –que no sanador- de las enfermedades y trastornos ocasionadas en su mayor parte precisamente por este tipo de alimentación? Dicho de otra manera: una alimentación saludable, equilibrada, rica en productos frescos de origen vegetal, de temporada y sostenibles desde el punto de vista medioambiental es el peor de los escenarios para las grandes industrias de la alimentación, el fármaco y los agroquímicos.

El periodista especializado en nutrición e industria alimentaria Michael Pollan, lo resume de manera muy acertada en su libro El detective en el supermercado, cuando escribe (refiriéndose a EEUU y a la tendencia que se está imponiendo en Europa) que cuatro de las diez primeras causas de mortalidad hoy en día son enfermedades crónicas cuya conexión con la dieta está comprobada: cardiopatía coronaria, diabetes, infarto y cáncer.

Pollan, lejos de desalentarnos, nos invita a volver al modelo de alimentación de nuestros abuelos, apostando por lo vegetal y acuñando acertadas sentencias que hoy son asumidas casi como mandamientos por aquellos que quieren consumir de forma sana, responsable y sostenible:

  1. No comas nada que tu bisabuela no reconociera como comida.
  2. Evita los productos alimenticios que exhiban afirmaciones de propiedades saludables.
  3. Sal del supermercado lo antes posible.
  4. Evita los productos que contengan más de cinco ingredientes desconocidos o impronunciables.

 

Dolencias y alimentación

 

 

El oscuro papel de los Gobiernos

Sin duda, los mayores esfuerzos desplegados en las últimas décadas por la industria han ido encaminados a defender la inocuidad de pesticidas y herbicidas presentes en un buen número de alimentos. Tras su producción se encuentran un puñado de poderosas multinacionales, que no es extraño que también cuenten con filiales en el mercado de la producción de semillas o en el de la biotecnología, que centra su trabajo en la impredecible modificación genética de organismos. Poderosas multinacionales controlan más de la mitad del mercado mundial de agrotóxicos.

En el caso concreto de los plaguicidas nos enfrentamos al cuento de nunca acabar. Su uso se ha convertido en masivo en la agricultura intensiva, donde los insectos y malas hierbas generan resistencias que conducen a un empleo más frecuente y en mayores concentraciones de tales tóxicos. Obviamente terminan dejando residuos en lo que comemos, pero tanto la industria como los organismos oficiales encargados de la seguridad alimentaria suelen coincidir en señalar que los niveles no son preocupantes, que se encuentran dentro de los márgenes de seguridad etc.

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Autores como Albert Ronald Morales y Jeanette Jaime González pertenecen al creciente número de expertos que nos alertan sobre la falacia que supone fiarnos ciegamente de los posicionamientos oficiales. Dichos autores nos presentan un escenario poco halagüeño en su libro Alimentación sana vs transgénicos, aditivos y nanotecnología, cuando señalan que hoy en día encontramos en las frutas y hortalizas residuos de plaguicidas, herbicidas y fungicidas con un nivel superior a los límites máximos permitidos, y que el 16% de los alimentos contienen más de uno de estos productos. Además, hay ciertas combinaciones de nitratos, plaguicidas y sustancias químicas que pueden formar nitrosaciones incluso cancerígenas. En el mercado se encuentran más de 1.000 nuevas que se agregan a los alimentos.

Los argumentos de inocuidad (usados históricamente también con los peligrosos DDT, el agente naranja y el PBC) son válidos hasta que dejan de serlo tras largos procesos judiciales. Uno de los más sonados y emblemáticos fue el juicio de las Madres de Ituzaingó, en la ciudad argentina de Córdoba, un caso que se prolongó por más de una década y que tuvo a los campos de cultivo de soja transgénica que perimetran el barrio de Ituzaingó como escenario, y a las fumigaciones con endosulfán y glisofato como protagonistas.

Doscientos de los 5000 habitantes del pueblo padecían cáncer, lo que a efectos prácticos suponía que en cada familia había un enfermo, la mayoría de ellos niños, en los que también se daba una incidencia muy elevada de malformaciones. Los tribunales fallaron en contra de la industria en diciembre de 2008, alejando las fumigaciones.

A esta contaminación de raíz que sufre la materia prima en origen se ha de sumar aquella a la que de manera intencionada son sometidos los alimentos durante su procesado, transformación, envasado y transporte, añadiendo aditivos con la finalidad básica de impedir su deterioro; facilitar su procesado; mejorar su aspecto o bien potenciar sus cualidades organolépticas como el sabor, el olor, la textura etc. Más allá de esos usos, sobre estas sustancias pesa además la sospecha de generar adicción en unos casos y graves problemas de salud en otros, como ocurre con el azúcar, que distorsiona sabores, añade peso al producto de forma muy barata y encima, crea adicción.

El consumo excesivo de azúcar es la causa principal de la pandemia de sobrepeso que afecta al planeta y que alcanza niveles escandalosos en la población infantil; un sobrepeso que deviene en obesidad, diabetes, problemas cardiovasculares, diversos tipos de cáncer, etc.

A pesar de ello, las legislaciones gubernamentales no son contundentes en la limitación de su consumo o en etiquetados con información más detallada y transparente, como consecuencia de las presiones ejercidas por la potente e influyente industria azucarera.

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Aditivos: un negocio millonario

Los aditivos son otro peligro, siempre bajo sospecha y atrincherados en el cómodo anonimato que les proporciona su codificación en letras y números, una familia a la que pertenecen los colorantes, edulcorantes, potenciadores de sabor, estabilizantes, conservantes, gelificantes, espesantes, espumantes, sales añadidas, humectantes etc.

Estas sustancias por sí solas suponen un volumen de negocio anual de unos 25.000 millones de dólares, estimándose que nueve de cada diez alimentos que consumimos lo llevan. Es evidente que si nuestra alimentación fuese variada, saludable y centrada en alimentos frescos y de temporada, la inmensa mayoría de estos aditivos no nos tendrían que preocupar de lo más mínimo. Pero la realidad es que no es así, más bien al contrario. Morales y González describen en su obra antes citada la inmensa mayoría de los aditivos autorizados, los alimentos a  los que se añaden y los riegos que se les atribuyen por su consumo directo en un producto o por la combinación de varios.

Productos de repostería y pastelería, platos precocinados, aperitivos, bebidas alcohólicas, salsas industriales, polvos para postres instantáneos, condimentos, potajes, sopas envasadas, helados y siropes.

 

Una lista mortal

Estos autores, haciendo uso de la bibliografía científica existente, no dudan en alertar al lector acerca de los problemas que genera el consumo de decenas de aditivos vinculados a infinidad de trastornos, desde cáncer a hipertensión, pasando por alergias, problemas cognitivos, asma, alteraciones hormonales y metabólicas, trastornos renales, estomacales y hepáticos, dolores de cabeza…

La inmensa mayoría siguen usándose en la industria alimenticia al amparo de otro argumento falaz: que no existe suficiente evidencia de su peligro para la salud. A modo de ejemplo, destacan los siguientes:

  • Ciclamato sódico E952.
  • Colorante rojo nº 2.
  • Monoestearato de polioxetileno E435.
    • Rojo 40
    • Amarillo 5 y amarillo 6.
    • Los E102, E104, E110, E122, E124 y E129.

Puede ser utilizado en la UE siempre y cuando aparezca la siguiente advertencia: Puede tener efectos negativos sobre la actividad y la atención de los niños.

 

Transgénicos y políticos

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Especulando con el hambre

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Un mundo de famélicos y obesos

En el mundo se produce casi el doble de comida de la que necesitamos para abastecer a los más de 7.000 millones de personas que vivimos en él, lo que no impide que millones mueran de hambre cada año mientras sólo en la UE en ese margen de tiempo se tiran 89 millones de toneladas de comida en buen estado. Tal como apunta la periodista e investigadora Esther Vivas Esteve, especializada en movimientos sociales y políticas agrícolas y alimentarias: mientras millones de personas en el mundo no tienen qué comer, otros comen demasiado y mal. La obesidad y el hambre son dos caras de la misma moneda. La de un sistema alimentario que no funciona y condena a millones de individuos a la malnutrición. Vivimos, en definitiva, en un mundo de obesos y famélicos. Las cifras lo dejan claro: 870 millones de personas en el planeta pasan hambre, mientras 500 millones tienen obesidad. Aunque el hambre severa y la obesidad son tan sólo la punta del iceberg: 2.000 millones de individuos en el mundo padecen deficiencia de micronutrientes (hierro, yodo, vitamina A…) y 1.400 millones viven con sobrepeso (FAO, 2013ª).

Acertadamente, Esteve concluye en su revelador libro El negocio de la comida que “el problema de la alimentación no consiste únicamente en si podemos comer o no, sino en qué ingerimos, de qué calidad y procedencia y cómo ha sido elaborado. No se trata sólo de comer, sino de comer bien”.

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Fuente: Revista Año Cero

Recopilación y materiales: tuespacioyelmio / mundoviperino – Alba Lobera

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Una respuesta to “Mundo Viperino: Alimentos tóxicos – En las entrañas de Monsanto”

  1. […] Alimentos tóxicos – En las entrañas de Monsanto […]

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