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Antibióticos, la droga que engorda

Posted by MundoViperino en 16 marzo, 2014

En 2002, un norteamericano era, en promedio, una pulgada y 12 kilos más gordo que uno de sus compatriotas en 1960. ¿Cómo fue posible que Estados Unidos se convirtiera en un país habitado por 78 millones de personas obesas en apenas cuatro décadas? 
El sedentarismo y el exceso de calorías en la dieta han sido los culpables de siempre. Pero los investigadores médicos han comenzado a sospechar en los últimos años que hay un tercer responsable: los antibióticos. Pagan Kennedy, periodista de The New York Times, reconstruyó la historia de esta fascinante teoría en un artículo titulado “La droga que engorda”. Un problema que no sólo afecta a Estados Unidos, sino al resto de países que han cambiado sus hábitos de vida y alimenticios, entre ellos Colombia, y que además han abusado del uso de antibióticos tanto en la industria pecuaria como en la práctica médica. La historia que cuenta Kennedy se remonta a 1948, cuando a un investigador de Lederle Laboratories, llamado Thomas H. Jukes, se le ocurrió añadir el antibiótico clortetraciclina al alimento para un grupo de pollos con los que experimentaba. 

Al final de la prueba, Jukes se sorprendió al ver que los pollos a los que administró el antibiótico pesaban casi el doble que los que no “comieron” antibióticos. Los jefes de Jukes le prohibieron usar el antibiótico para sus raros experimentos, porque era un producto cada vez más demandado por médicos, clínicas y hospitales. La solución que encontró para seguir adelante fue recuperar los residuos de clortetraciclina que encontraba en la empresa. Así pudo reproducir las pruebas en cerdos, ovejas y vacas. Era una época, recuerda la periodista, en que en Estados Unidos “más siempre era mejor”. Un tiempo en que se organizaban concursos con los bebés más sanos y robustos e, incluso, se llevaban a cabo competencias para ver qué hombres ganaban más kilos en cuatro meses. 
Laboratorios como Pfizer, que luego venderían millones de dosis de antibióticos, ya figuraban como patrocinadores de esos concursos. El secreto del efecto que tenían los antibióticos sobre el peso de los animales se expandió como una epidemia entre los agricultores. Miles de granjeros comenzaron a tocar las puertas de las casas farmacéuticas. En 1954, Eli Lilly había creado un grupo dedicado a promover productos antibióticos entre granjeros y que se promocionaba como “una ayuda para la digestión” de los animales. Entretanto, en Guatemala se llevaron a cabo estudios en niños de escuelas a los que se les administraron pequeñas dosis de antibióticos pensando en mejorar su peso. Lo mismo sucedió en Florida con niños con discapacidad mental y entre miembros de la Fuerza Naval de Estados Unidos. Los resultados siempre eran consistentes: todos subían de peso. En 1954, cuando Ian Fleming, el descubridor de la penicilina y quien inauguró la era de los antibióticos, se enteró en una visita a Estados Unidos de lo que estaba sucediendo, dijo: “no creo que alimentar a niños con antibióticos sea algo que vaya a mejorar la sociedad”. Estaba hecha la advertencia. 
Los experimentos con pollos se habían extendido a humanos. “En la última década el escrutinio sobre los antibióticos ha aumentado. El uso excesivo de las drogas ha dado lugar a la aparición de bacterias resistentes a los antibióticos en las granjas y a infecciones por estafilococos en los hospitales. Los investigadores también han comenzado a sospechar que puede arrojar luz sobre la epidemia de obesidad”, escribió Kennedy en su reportaje. Investigadores como Martin J. Blaser, director del Human Microbiome Program y profesor de la Universidad de Nueva York, quien ha llevado a cabo varios experimentos con ratones y el uso de antibióticos, ha concluido que “las observaciones son consistentes con la idea de que la dieta altamente calórica es insuficiente para explicar la epidemia de obesidad”. Blaser, como muchos otros de sus colegas, no creen que el consumo de pollo alimentado con antibióticos sea ese factor oculto en la ecuación de la obesidad. Esto porque cuando el pollo o la carne de otros animales llega a la mesa, la concentración de antibióticos es nula o casi nula. Lo que sí creen los investigadores médicos es que el repetido uso de antibióticos, principalmente en las primeras etapas de la vida para tratar infecciones, estaría relacionado con el aumento general de peso en la población. 
Esto posiblemente porque los antibióticos que consumimos alteran radicalmente la composición de bacterias que viven en nuestros intestinos. Sólo recientemente, y gracias al desarrollo de nuevas técnicas genéticas, los médicos han comenzado a entender mejor cómo muchas enfermedades están estrechamente relacionadas con el tipo de bacterias que habitan el tracto digestivo. “Nos enfrentamos con el legado de estos medicamentos. Con la posibilidad de que hayan afectado nuestro tamaño y forma, y nos hayan hecho personas diferentes”, concluye Kennedy.
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