España vive una década mezquina. 
Se ha convertido en un tapete donde varios jugadores apuestan al póker o al juego del ahorcado. España está vieja, y sus años se fugan hacia una nueva vida de injusticia y esclavitud. Su ancianidad se familiariza con lo grotesco, con los actos partidistas, con la arrabalera crítica del otro. Los gritos son argumentos; los malos gestos, tomas de poder; la actitud soez vende libros. La crisis, no sólo económica, es de tal magnitud, que los españoles ya no saben lo que son. Y poco pueden dar de sí mismos que no sea controlado por el Estado y sus medios. El Estado ha sabido repartir la desesperanza, agregándole fuertes emociones y chabacanería con la que solazar al pueblo frente al televisor. Esta descomposición, amén de lo económico y social, es más espiritual que otra cosa. Los españoles ya no saben lo que son y, por ende, ignoran adonde dirigir sus pasos. España ha pasado del susto a la ebriedad. No quiere estar sobria, huye, no acepta la realidad y se refugia en la cogorza de las cosas banales. Cócteles de tiros largos y poco alcance, comidas de empresa en las que los comensales se ven tan a gustito que no detienen sus pensamientos en la gente que padece hambre y frío, liturgias varias, en fin, mediante las que el trabajador sacraliza con la melopea su condición servil en aras del sistema que lo aplasta. 
Ésta es la España mezquina, la de los forofos del pasármelo bien caiga quien caiga, la de las compras al sangriento precio de quien sea. Los gobernantes no cayeron del cielo. Ni siquiera las leyes. Los derechos humanos dependen de beodos: alcohólicos de poder, borrachos de narcisismo, mamados de ambición y ebrios de extraordinarias fugas hacia los grandes almacenes y agencias de viaje. Pocos brindan a esta época lo mejor de sí mismos. Los españoles caminan o revientan. Los temperamentos artísticos se han convertido en temperaturas, barómetros de popularidad o venta. La perseverancia científica, en celeridad por publicar resultados; la conciencia, en un balance de cuentas. Todo parece perdido en este achacoso país, disfrazado de noches buenas y viejas, de alegrías programadas y oportunidades para la curda. Las circunstancias venideras aprenderemos algo más que la adversidad. Vamos a vernos en el infierno prometido, no por la boca de nuestros delincuentes gestores públicos, sino por la inconsciencia de nuestros actos, que se han hartado de hablarnos.
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