f:Miguel Jara

El psiquiatra Javier Quintero dice, en una entrevista publicada en El País, que el diagnóstico de la hiperactividad tiene que aumentar. Tras leerla, un psiquiatra con formación y títulos internacionales y bien acreditados, incluido el de psiquiatría infanto-juvenil, Mariano Almudevar, me envía sus observaciones:

No es realmente mi pelea, pero la entrevista citada arriba me parece un caso escandaloso de mercadotecnia. Que se hable en él de “generar formación” y se diga que “cuando tengamos unidades docentes…” es alarmante.  Es triste ver a ese periódico ponerse al servicio del dinero y el cientifismo sin dar posibilidad decente de debate o respuesta. Y todo porque el señor Quintero, parece que se benefició del “diagnóstico” de hiperactividad para aprobar con nota exámenes de medicina, “diagnóstico” que ahora justifica a su vez lo que parece proveerse una exitosa carrera.
Hoy se obtienen notas brillantes con la ayuda de estimulantes cerebrales, bien metilfenidato o anfetaminas, pues la cocaína, que es más o menos los mismo, no se puede prescribir y ¿que otra cosa podría tener efectos tan dramáticos? No hay nada excepcional en esto, muchos lo han hecho antes y otros lo harán después (desconozco si Quintero está en entre ellos).
Los exámenes de entrada en ciertas universidades americanas por ejemplo tienen un porcentaje muy alto, de diagnosticados de Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Los estimulantes, conocidos desde la segunda guerra mundial y aun antes, mejoran substancialmente el rendimiento tanto escolar como deportivo o laboral, de esto no hay ninguna duda. La duda es qué hacer al respecto.
Con la excepción de algunos pocos casos de hiperactividad clásica, el TDAH es una “enfermedad” inventada para un tratamiento, las drogas psicoestimulantes, quizá las únicas legales con efectividad probada y predecible y sin excesivos efectos secundarios graves aunque con cierto potencial adictivo.
El DSM 5, el manual de los trastornos psiquiátricos, da señales de comenzar a hundirse y, se dice en la red anglo, algunas ratas gordas, como Big Pharma, están abandonando el barco. Vamos a ver el desuso progresivo de términos como TDA e incluso TDAH y volverá la “hiperactividad”, del CIE 10 (la Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud OMS), a ver si cuela. Además el CIE es el que se usa en muchos sitios de Europa.
Quintero cree que la diversidad en la capacidad de concentración (que debería verse como dependiente en parte del interés que suscitan los temas y de maneras de enseñar que los hacen más o menos interesantes) puede interpretarse como una enfermedad mental o deficiencia neurológica. Según él, el 5% al menos de la población la sufre lo que lleva no solo a fracasos escolares si no a divorcios y varios tipos de debacles. El diagnóstico es el principio… ¿El principio de qué? podría uno preguntarse.
No hay un limite claro de un “trastorno” cuya frecuencia hace 40 años era de 0’2 x 100. Ni hay un marcador biológico definido, ni razones o consecuencias por las que la variabilidad en la capacidad de concentración en sí misma sea una enfermedad. Psychiatric Times ha señalado que muchos, quizá la mayoría de los diagnósticos de TDAH son falsos con el propósito de mejorar rendimientos.
Al menos las dos terceras partes los TDAH desaparecen cuando acaban los estudios. Y los efectos de los estimulantes son menores cuanta más evidencia hay de daño cerebral. Así su ratio beneficio/riesgo en el autismo, la deficiencia intelectual o las anormalidades estructurales del cerebro es negativa. Es decir los estimulantes son más efectivos cuanto más neurotípico o normal es el cerebro.
Desde el punto de vista de la biología evolutiva frecuencias de un trastorno del desarrollo del 5% son absolutamente imposibles de justificar, si como se supone su origen es genético. Las desventajas que el tal “trastorno” tiene son en la competitividad educativa y deportiva y nadie se muere o tiene menos prole por culpa del tal trastorno.
El “principio” pues es el de la expansión del mercado global y la subida de los precios de los psicoestimulantes; su uso legal, extensivo y continuado como alternativa a adaptaciones en el curriculum o los estilos de enseñanza y vida y … a la cocaína.
Por otra parte, por varias razones, entre ellas su paso al mercado negro, el uso médico de estimulantes en los USA se está frenando y el de la atomoxetina -marca Strattera– (que cuenta en su caja con dos alarmas black boxes por su peligrosidad) y el de los antipsicóticos, altamente tóxicos, se está fomentado para este diagnóstico.
En España estamos en el podio del consumo de psicofármacos y por ese camino vamos a por la medalla de oro permanente.
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